Los españoles rechazan los transgénicos

Las encuestas demuestran que la gran mayoría de los españoles rechazan la presencia de transgénicos en sus platos. En la encuesta del CIS (Nº2412), titulada Opiniones y actitudes de los españoles hacia la biotecnología, realizada en el 2001, quedan reflejadas las siguientes cifras: dos tercios de los españoles no están dispuestos a consumir un producto vegetal en el cual hayan sido introducidos genes de otra planta. El 85% de ellos no lo harían a pesar de que se redujese su precio de manera muy sensible. En otro epígrafe, el 92% de la población opina que debería ser obligatorio que las etiquetas de todos los productos indicaran si hay algún componente por mínimo o lejano que parezca en la cadena productiva, si está modificado genéticamente
Los alimentos más comunes con y sin transgénicos
 En sólo tres años hemos asistido con cierta impotencia a la entrada masiva de las primeras cosechas de cultivos manipulados genéticamente a nuestros mercados europeos, y a la siembra de las primeras variedades de maíz transgénicas en nuestros campos. La nueva tecnología genética se nos impone, sin darnos tiempo a los consumidores para evaluar sus peligros. Según datos recabados por la ONG “Ecologistas en Acción“, los derivados de maíz y soja transformados genéticamente se suelen incorporar como ingredientes en gran parte de los siguientes productos: repostería industrial, chocolates, pan de molde, conservas, comidas congeladas, potitos, helados, aperitivos, productos dietéticos, mermeladas, margarinas, aceites y grasas vegetales, lecitinas, harinas, emulsionantes, espesantes, proteínas, harinas, almidón, maltodextrina, dextrosa, jarabe (sirope) de glucosa, etc. Si deseas consultar una lista mas exhaustiva visita la web de Greenpeace-Spain, donde siempre están actualizando una lista verde (los productos sin manipulación genética) y una lista roja, con productos manipulados. Los mismos son los que se pueden encontrar en nuestro país.
Denuncian los ecologistas
 Las organizaciones ecologistas atribuyen a la manipulación genética la capacidad de alterar el comportamiento de las plantas, lo que puede provocar la formación de compuestos totalmente nuevos, así como la acumulación de sustancias dañinas en los vegetales. Además, como para la manipulación genética se usan virus y bacterias “mutiladas”, temen que se esté transformando a las plantas en portadoras de genes con resistencia a los antibióticos, lo que pueden agravar severamente el problema mundial de la lucha contra las enfermedades infecciosas.
 Por otra parte explican que se está produciendo un gravísimo empeoramiento del acceso a los alimentos de los más pobres, negando así de plano los argumentos de las multinacionales defensoras de los transgénicos, cuya propaganda se basa en decir que estos alimentos transgénicos van a solucionar el problema del hambre en el mundo, cuandola raíz del problema -explican los ecologistas- no es la escasez de alimentos, sino el reparto y el acceso a la tierra y a las semillas. El simple aumento de la producción que supone la revolución biotecnológica no revierte en una mejor alimentación a las poblaciones más necesitadas, al contrario, se las está despojando de sus tierras y de sus semillas. El coste prohibitivo de las nuevas biotecnologías y de las patentes las hace inasequibles para los programas públicos de investigación y de mejoramiento de semillas, favoreciendo el control del sector por media docena escasa de compañías transnacionales agroquímicas, que procuran acaparar los mercados mundiales e incrementar sus beneficios. El elevado precio de las semillas patentadas y de los herbicidas asociados a su cultivo, y las características de las nuevas variedades, ventajosas para las grandes explotaciones muy mecanizadas, aumenta la marginación de los pequeños agricultores locales en el suministro de alimentos. Con ello no se solucionan los problemas del hambre, sino que se pone en peligro el medio de subsistencia de cerca de la mitad de la población mundial que todavía vive de la agricultura, y la biodiversidad. Todo esto supone una amenaza para la agricultura sostenible, para la salud y para la seguridad alimentaria de todos los pueblos.
Las variedades insecticidas
 El cultivo de las variedades insecticidas a gran escala puede tener gravísimas repercusiones en los ecosistemas, al afectar a especies beneficiosas como los insectos que transportan el polen de una planta a otra, o que se alimentan de las plagas y que suponen una forma natural de control de las mismas, así como de organismos del suelo (bacterias, hongos, gusanos) que son imprescindibles para su fertilidad. Sin embargo, en la carrera de la industria biotecnológica por acaparar mercados estas cuestiones apenas han sido estudiadas, y nuestros campos se están convirtiendo en ensayos experimentales a gran escala, sin tener en cuenta que si algo “sale mal”, no nos será posible controlar la “contaminación biológica” que estamos provocando.
Qué podemos hacer
 Podemos pedir información a nuestros proveedores de alimentos; exigir un etiquetado que nos informe de qué productos contienen ingredientes transgénicos y negarnos a comprar alimentos que procedan de cultivos manipulados genéticamente, y optar siempre que podamos por los alimentos cuyo origen sea el cultivo ecológico, la agricultura sostenible.
 También podemos colaborar con los movimientos sociales que en todo el mundo están apoyando la lucha de los campesinos por el control de sus semillas, y por una agricultura que proporcione alimentos sanos y suficientes para todos y un medio de vida sostenible para los más de 1.400 millones de campesinos que hoy dependen de la agricultura para su subsistencia en todo el mundo.